lunes, 1 de febrero de 2010

El mal dia del ingeniero Anchundia


Nuestra historia ocurre en el cuarto de máquinarias de la fábrica donde el ingeniero trabajaba, cuando una de las máquinas que dirigían la producción (y que fue recién adquirida) se averió, por lo que Anchundia (que nunca había detenido la producción en 16 años) decide repararla por si mismo.

Desde un principio tiene serios inconvenientes, incluso para desarmarla, pero esto no debería ser un inconveniente para sus conocimientos de ingeniería mecánica de la politécnica salesiana, pero la operación del dispositivo es diferente a todo lo que había visto antes, por lo que decide ver el manual (ya que nunca sintió la necesidad de leer el manual del operario de nada).

Pero al momento de tratar de leerlo, se nota que estaba en inglés, en aquel idioma que pensó que nunca le iba a servir en su carrera, aquella lengua indómita para él que le dificultó el ingreso a la universidad. La única vez que había copiado en un examen en su vida: -putas maquinas gringas- exclamo.

La producción lleva una hora y media detenida, pero puede recuperarse si los trabajadores se quedan tiempo extra o al menos si él lo hace.

El ingeniero se torna impaciente, no quiere tener que excusarse con su superior, es autosuficiente y todo lo logró con esfuerzo en la vida; no sería justo que hoy fuera la excepción. Pero la máquina es demasiado compleja, y ahora se halla tan impotente gracias a la barrera creada por su propia ignorancia…. Impotencia, que fue lo mismo que sintió cuando su hijo mayor le dijo que quería estudiar música porque afirmaba “tener talento” y “amar la música como a nada en este mundo”

- “Tu no puedes evitar que yo sea lo que quiero ser” .- dijo Bernardo

- “En mi casa sea hace lo que yo digo, y ¡mientras estés en mi casa estarás bajo mis reglas!”

- “entonces me iré!” .- exclamó el joven

- “lárgate si eso quieres, pero después no vuelvas a rogarme por algo de comer mal agradecido!”

Pero a la larga el inflexible politécnico había vencido, y el pobre muchacho ingresó a la facultad de Derecho. Ahora sería un miembro útil a la sociedad, un individuo tan exitoso como infeliz. ¡Pero que importaba eso! La vida es larga y el mundo duro, y si eres nadie ahora y no lo cambias, serás nadie hasta que mueras. Los sueños no alimentan a nadie, sino a las mentes de los vagos y drogadictos.

- ¿Dónde esta el switche? Se pregunto molesto

El ingeniero Anchundia era un hombre callado, rara vez pensaba en voz alta, resolvía sus problemas en silencio, con el mismo silencio sepulcral con el que respondía a la ingenua pregunta de su mujer: “Aún me amas?. Los sentimientos son algo necesario para lograr fines, y su fin era conquistar a esa mujer; evidentemente la amó un día, pero ya no recuerda cuál fue. Es la madre de sus hijos, así que viven juntos, comen juntos, aunque duerman en distintas camas.

Anchundia sabe que se está volviendo viejo, está aprendiendo cosas y desechando otras. Aprendió que las mujeres que enseñan las tetas y el culo a cambio de billetes y que no hacen preguntas, son más deseables y funcionales que las salidas al parque y días de campo que comparte con sus suegros los domingos.

Había encontrado el switch, quizá fue un fusible o el alternador que no producía suficiente corriente… definitivamente no eran fusibles, el más estúpido podría diagnosticar eso.

Siguió desarmando…. Llegó al corazón mismo de la máquina empacadora de sopa de tomate, y su teléfono sonó: era su mujer, margarita, seguramente preocupada porque no había llegado: margarita la que lo llamaba a preguntar que quería comer, margarita “la señora de su casa”; La que siempre lo disgustaba con experimentos en la cocina, margarita la que mendigaba su amor…

- ¿Qué pasa? ¿No te dije que no me llamaras al trabajo?”

- Ernesto, yo…”

- ¿Qué paso con Bernardo? ¿llegó ya? ¿pusiste a Cristina a estudiar?”

- Se acabo… me voy.”

-

Aquella voz distante, se perdió al ritmo de un “click”. Cerró la tapa del teléfono molesto y sólo entonces se dio cuenta que era media noche, y que estaba solo.

Como siempre su mujer con su cuarto de hora pero no era nada que no se pueda arreglar después, no era la primera vez que escuchaba eso: ella solo sabe limpiar y cocinar, además ¿a donde podría ir?... simplemente lo necesitaba. Sonrió seguro de si mismo… nunca la había visto como a tan poco y nunca se había sentido tan indispensable. Fue entonces cuando halló el desperfecto: una minúscula tuerca había caído en el engranaje, una pieza tan insignificante le había causado toda una tarde de análisis y pruebas, y le había costado miles a la fábrica, pero gracias a la suerte más que a su pericia, lo había conseguido. ¡Había resuelto el problema finalmente!

Extendió su mano y tomó la pequeña tuerca entre sus dedos, se rió, no podía creer que algo tan pequeño y tan poco importante fuera capaz de detener a una fábrica entera. Entonces miró a través del orificio de la tuerca y comprendió que ese vil trozo de metal desafiaba todo cuanto él creía acerca de la preparación y el estudio. Pero ¿de dónde había salido?. La miró con desdén… pero su autoconfianza regresó de pronto y mucho más inflada que antes… él crédito era suyo, el era un trabajador esencial; entonces complacido encendió el interruptor.

Un trozo de engranaje de una tonelada cayó sobre él y su cuerpo se quebró en trozos. Sintió el choque en todo el cuerpo. Su peso era invencible y el dolor insoportable. En medio del charco de sangre y esquirlas de huesos pensó en la tuerca…

Puta! .- gritó. Aquella tuerca sostenía la viga principal del engranaje, eso estaba en el manual… lástima el inglés. El ingeniero Anchundia aprendió esa noche que a veces lo más pequeño y poco importante como el sueño de un hijo, el cariño de margarita o una tuerca pueden provocar estrepitosas reacciones… aunque de nada le serviría, a la larga él les enseño a sus hijos que las personas son desechables…

Llegó el alba… nadie oyó sus gritos.

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